Kronos

  

Palabras de vino tinto

Por Ana Jonguitud Gudiño


Llegas, tocas la puerta de una casa con aires de armonía, pareciera que la naturaleza se empezaba a adueñar de las paredes; apenas abres la puerta y tu nariz se deleita de dos aromas encontrados, una dulzura como galletas y el olor amargo del vino. Te adentras un poco más y no puedes evitar pensar cómo existe tanta vida en una casa a pasos del funeral. Una pequeña tetera aún emana vapor del último charquito de agua, que habían olvidado servir y una mesita que pareciera ser para dos, te recibía cálidamente a que te sentaras. Ahí estaban, dos rostros tranquilos con ojos cansados y llenos de experiencias e historias. Tomas una silla, te sientas, remplazas tu saludo con una mueca y esperas a que, de sus labios delgados, creciera una anécdota. El abuelo, marchito y de aspecto cansado aparta la vista del pequeño plato a medio comer, su mano siguió los mismos pasos de su mirada, tomó la botella de vino con pasión y delicadeza, jugueteó un rato con sus curvas y luego la tomó del cuello, la apretó firmemente y tambaleó un poco por el pesado péndulo del vino; la copa delataba el paso de su alcoholismo, dejando una pequeña línea purpura perfectamente circular. Empieza su charla con un suspiro, que evoluciona en una sutil risa, se da una pausa para tomar aire y dice “En los tiempos de la post revolución, alrededor del año 1944, el PRI gobernaba todo ámbito político. Mi padre, era parte de un partido regional, se hacían llamar almazanistas y se oponían al PRI o mejor conocido en esa fechas como PRM. En ese entonces, había un amigo de él que tenía lo que se llamaba un firro sport, que consistía en rifles de municiones, ósea, rifles de copitas. El gobierno para liberarse de oposiciones, aprovechó la cercanía de mi padre con el susodicho y los acusó de estar intentando una revuelta. Y por consecuencia fueron presos él y mi padre. Afortunadamente el presidente municipal, en ese tiempo, era su amigo, aunque le echaba ojos a mi mamá. No te voy a decir el nombre por que caería en indiscreción, el caso es que a mi papá lo metieron en una…” tomó tiempo para reformular sus palabras y siguió “no en la cárcel popular, sino que lo retuvieron en el tercer piso del palacio municipal. El palacio municipal tenía pisos de duela, las cuales eran tablas acomodadas entre vigas, como un tapanco. El caso es que mi padre, atrapado en esa incómoda situación, caminaba alrededor del cuarto y cayó piso tras piso, hasta llegar a la oficina del presidente municipal. En el aparatoso e inesperado accidente fue al hospital con una costilla lastimada, y a consecuencia de todo lo anterior lo liberaron.” Le dio un largo trago a la copa y concluyó “éste es un breve episodio de la vida de mi padre, que tiene su historia…” tomó su plato aún con comida, lo puso indiscriminadamente junto al resto de la loza sucia, tomó la botella y subió las escaleras rumbo a su recámara. Diriges tu mirada a una bella flor marchita, la anciana mujer de labios finos y manos dobladas, la compañera de vida del abuelo, que sentada del otro lado de la mesa los observaba cálidamente. Sus ojos turquesa palidecen y su cuerpo vuelve a la monotonía de la rutina. No tardó en pararse y ponerse a limpiar. El ambiente te atrapa en su espesura, te pierdes en tus propios ojos y luego percatas la elegante copa de vino, abandonada, casi melancólica y el líquido morado casi negro bailaba lento y constante, como un prisionero resignado.


Testimonio de Gregorio Jonguitud tomado el día 13 de septiembre de 2018.



Confía en el péndulo

 Por Luis Roberto Bernal Arellano


Abro la puerta, me asalta el aroma peculiar a humedad, melancolía, olvido y algo de misterio. Miro a mi alrededor y no veo nada más que los estragos del tiempo; el rastro de historias y anécdotas que se pueden percibir a cada paso que das, junto con las capas de polvo que se han acumulado por tantos años. Todo está en su lugar, tal como estaba la última vez que estuve aquí. Dirijo mi mirada hacia un estante, donde se encuentra una pequeña caja cubierta con telarañas, la curiosidad me invade y no puedo evitar echar un vistazo dentro de ella, para ver lo que contenía, para mi sorpresa solo había un péndulo y una carta descansando sobre un fondo de seda roja. No tenía idea de lo que hacía ese péndulo en aquella caja, lo sostuve en el aire y lo miré por un par de segundos, era un pequeño cuarzo morado atado a una delgada cadena de metal, no podía dejar de admirarlo, la forma en la que danzaba en el aire con el mínimo movimiento de mi mano, me tenía cautivado. Lo deposité de nuevo en la caja, eché otro vistazo dentro, entonces me di cuenta de que, en el fondo rojo, se podían ver un puñado de doradas monedas. Las monedas se veían antiguas, como las que describen los cuentos de piratas o dragones, pero estas eran reales. La confusión que tenía en ese momento, hizo que casi olvidara la carta que con anterioridad había visto, la tomé y comencé a leer de prisa, en busca de respuestas. En ella se podía leer el nombre de mi padre y la frase “confía en el péndulo”, motivado por la intriga y el deseo de descubrir el significado del contenido de esa caja y de esa frase, que ahora, no dejaba de resonar en mis pensamientos, seguí leyendo: “estas monedas son tu herencia, pero antes de tomarlas debes conocer su historia…” paré un momento, reflexionando las palabras que acababa de leer, esas monedas eran mías, no lo podía creer, pero al mismo tiempo sentía la necesidad de saber el porqué, así que me dejé caer en un polvoriento sillón de la sala. Los rayos de sol que se filtraban por la ventana, atravesaban la nube de polvo que se elevó del sillón, las partículas revoloteaban por la sala, como las letras en el papel. Desviando la vista a la carta continué: “En una ocasión, haya por la época de 1968, hicimos una excavación en una remota parte de un cerro cerca de Manzanillo, Colima, en una de las caras de aquel coloso. Duramos tres meses excavando, inclusive en medio del temporal de lluvia. Nos guiábamos con el péndulo, cuando marco un lugar empezamos a cavar”. No pude evitar buscar con la mirada el péndulo, no podía creer que esa pequeña piedrita sirviera de guía. “Hicimos un agujero en la tierra, doce metros o más de profundidad, era tan oscuro y misterioso, que pensamos que llegaríamos hasta las puertas del infierno. Con una tormenta sobre nosotros, decidimos resguardarnos hasta que pasara, para nuestra mala fortuna, la tormenta hizo que el agujero colapsara y todo nuestro esfuerzo fuese en vano. Desanimados, dejamos la búsqueda, aunque mi padre tenía la certeza, de que el péndulo, daba una buena señal. Así que volvió al lugar donde se encontraban los restos del agujero, viendo lo que la tormenta había causado, su ánimo empezó a decaer, cuando sorpresivamente, vio que algo sobresalía del lodo… era la punta de una pequeña caja de madera, la habíamos pasado de largo por 50 centímetros, la desenterré con las manos, y cuando la abrí pude ver las monedas dentro de ella. Gracias a este péndulo pude encontrar lo que con tanto esmero buscaba, así que lo dejo aquí junto a este puñado de monedas, ya que, para mí, este péndulo es el mejor de los tesoros” Me quedé atónito por un momento, digiriendo lo que mis ojos acaban de leer, me incorporé de un salto y me dirigí al estante con la carta en las manos, la guardé dentro y cerré la caja. Ya que supe la historia detrás de esa pequeña caja de madera, me sentí revitalizado y con la esperanza de que algún día el péndulo me guiará a mí. 


 Basado en la historia real de mi abuelo Juan Bernal Figueroa, relatada por mi padre Juan Bernal Covarrubias. (covarrubias,  2018) 

José Parra Leiva y el precio de una bala

Por Aldair Alejandro González Carrillo

  

Hace unos años, antes de que yo naciera, antes de que el internet existiera…

En un día como los otros, José Leiva se levantó de la cama, tomó el cigarrillo que la noche anterior dejó sin terminar, se colocó las botas, camisa y unos viejos pantalones desgastados que según él: “Todavía aguantan”, abrió la grande puerta de aluminio del balcón y se dispuso a terminar la vida de ese cigarro que no acabó anoche, su esposa María Guadalupe (mi bisabuela), se disponía a levantarse para alimentar a las gallinas, las cuales habían puesto huevos, mismos que Doña Lupe utilizó para preparar el desayuno, limpió un poco la cocina, fue al mercado con su vieja y buena amiga “Doña Conchita”, habían estudiado hace unos años, pero como sabemos, anteriormente las oportunidades fuera de la cocina y criar niños no abundaban, por lo tanto ni Doña Lupe ni Doña Conchita lograron tener un alto grado de estudios, ellas siempre se contaban cosas acerca de sus maridos, gente del mercado y como era de esperarse, Doña Conchita siempre reducía sus precios para Doña Lupe, una vez que compró tortillas, unos tomates y ajos para una salsa, Doña Lupe regresaba a casa para desayunar, cuando llego a la puerta su hija Elizier (mi abuela) se dispuso a ayudarle con labores de la casa, además de poner los utensilios para la merienda.

Una vez que José terminó su cigarrillo y bebió el pequeño vaso de tequila (ritual de todas las mañanas) tomó asiento en el comedor de la casa esperando la comida, al igual que él, los demás pequeños tomaron asiento mientras esperaban los alimentos.

Una vez que la comida se sirvió, todos comenzaron a comer sin mencionar una palabra, ya que el desayuno era tema de seriedad y para nada era tiempo de hablar, los niños comían un poco apresurados para realizar las tareas del hogar, tales como: asear el corral de las gallinas y conejos, sacar los huevos puestos por las gallinas, además de realizar algunos mandados que previamente se les encomendaron, una vez que terminaron de comer comenzaron a hacer estos quehaceres.

José continuó en silencio en la mesa mientras María recogía los platos para posteriormente lavar ropa y trastos en el lavadero viejo, el cual era una piedra grande y con pequeños bordes donde tallaba las prendas con un poco de jabón y agua, ella abrió las puertas de el patio para que los perros pudieran pasear por la calle “Al cabo que saben regresar” decía Doña Lupe, como en esos tiempos la zona era un poco peligrosa y habían sucedido algunas cosas dignas de prestar atención y cuidado, José tenía un As bajo la manga, “Quién sepa lo que pase, pero Pa’ que haiga con qué” fueron las palabras de José antes de adquirir un pequeño revólver calibre nueve milímetros que consiguió por un modesto precio, el cual serviría para cualquier ocasión de riesgo.

Una vez que José terminó y levantó el plato usado, se levantó y dirigió la mirada hacia una pequeña caja de madera con una cerradura en el centro, se dirigió a ella para abrirla, sacó la llave de uno de los cajones de una vieja cómoda que su madre le había heredado y abrió la caja dónde sacó el arma antes mencionada.

Con un harapo y sentándose en la orilla de la cama, comenzó a quitar las municiones del barril de 6 espacios, José sacó las 5 balas que había observado e inició a limpiar lenta y atentamente el arma, su fascinación era evidente debido a que era una nueva y bella adquisición por un precio tan bajo, así continuó un buen rato, para hacer ameno el momento, encendió un cigarro para relajarse y continuó con esmero además de una gran emoción.

Mientras El Señor De La Casa limpiaba la nueva arma, Doña Lupe mandó a sus hijos al catecismo en la iglesia que continuaba en construcción ahí en la pequeña comunidad de Ciudad Granja, Doña Lupe siguió con las labores de jardinería ya que las nuevas plagas requerían  su atención, todo estaba tranquilo, era un lindo dia, había saludado a los vecinos como todos los anteriores días de la semana. José la observaba desde el balcón con una media sonrisa reflejada en la cara, cuando sintió un fuerte dolor el el abdomen y una sordera grave en los oídos, no sabía bien el porqué de esta extraña sensación, hasta que al voltear hacía el arma, percibe un olor a pólvora saliendo del cañón del revólver, esto agregando la grande cantidad de fluido sanguíneo corriendo por ese pantalón viejo, José gritó lo más fuerte que pudo.

Todo iba bien con Doña Lupe hasta qué un sonido seco y abrumador se escuchó, los perros ladraban y corrían despavoridos, un vecino que pasaba en la acera de enfrente inclusive se asustó.

Doña Lupe continuó desconcertada hasta el momento en el que José gritó: “¡Vieja!”, en ese momento corrió y subió las escaleras como nunca antes lo había hecho, al llegar a la habitación observa a Don José con el arma a un costado de la cama y como si de una obra de arte abstracto realizado de manera vulgar se tratase, la sangre comenzaba a caer a la alfombra de la habitación, Doña Lupe gritó por auxilio mientras sostenía a su amado esposo, Don José continuó un par de segundos consciente hasta que exhaló por una última vez, dirigió la mirada a el arma por una última vez percatándose de que ese había sido el pequeño precio que pagó por terminar con su vida, fue entonces que Don José miró por última vez a su bella esposa y no volvió a abrir los oLa colonia se juntó en el funeral de Don José Leiva, dando el pésame a la reciente viuda para después enterrar el ataúd y comenzar una nueva vida.

El pequeño descuido de no verificar que una bala seguía escondida y lista para ser accionada, tomó la vida de José Leiva.